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La Merluza

Tengo una relación muy especial con las merluzas. No me gustan todas, pero diría que todas tienen su punto. Desde luego, éste no es otro que ligeramente cocinadas. Carne blanca y aún jugosa rompiendo en medallones brillantes. He disfrutado de muchas merluzas en la intimidad y también rodeado de amigos, pero antes de eso, las he seleccionado, eviscerado y desespinado, poniendo siempre cuidado y disciplina. En momentos de nerviosismo las he rociado con chardonnay y obligado a entablar una penosa amistad con gambas o almejas. Otras veces abusando de su confianza y de manera superficial, las he llamado pescadillas cuando no daban la talla.  Debo decir en su defensa que cuidan de mi corazón por la afición que tienen con las profundidades y el frío. A mis hijos les recomiendo que traten de entenderlas desde muy jóvenes porque eso que adelantan en su bienestar. Algunos sostienen que maquilladas con harina y huevo ganan una barbaridad, sobre todo en gracia, pero a mí con la cara lavada me resultan mucho más atractivas. Si acaso, unas gotitas de Aceite de Oliva Virgen que de eso sabemos un rato por aquí.

 

Yo las traigo de bien arriba porque allí no conocen aprovechados. Son ingenuas y de ojos cristalinos; las mías digo. Otras irremediablemente han sido abandonadas a su suerte y se dejan acompañar por jetas con nombre de truhan griego. También las hay apócrifas e inmigrantes buscando una oportunidad. Se la he dado, solo faltaría, y con un apretón de manos respetuoso las he deseado suerte en otras mesas, pero no en la mía. Aquí sólo vienen cogidas por la boca e impolutas, con todo su traje marengo y plata, reluciente y bien planchado.

Ahora van y me las presentan enlatadas y con unas ganas horribles de salir a contar su verdad, pero estamos en tiempos de pandemia y toda precaución es poca. Debo admitir que la pinta es buena y además del brazo de personas notables como Salsa Verde o Arbequina, siempre despiertan el interés por una foto. Si les pongo apellido de un mar o de otro me justifico y caigo en el error comparativo. Pero ellas saben, porque se lo hago saber con gestos, risas y carantoñas, que simplemente las quiero llamar merluzas. Las de antes, las de siempre.